Corrector de estilo. Oficio, que a simple vista, no parecería representar mayor
complejidad. La gramática lo hace ver sencillo y práctico, aunque la realidad
sea otra. El papel que juega, dentro del proceso editorial, representa uno de
los más importantes. Su remuneración no es proporcional al intenso trabajo al
que se somete, sin embargo, la edición de textos se convierte en un arte que
perdura toda la vida.
La corrección de originales engloba un verdadero desafío. La extensión del
manuscrito que tenga que modificarse, además de todos los elementos en los que
se debe cumplir con la limpieza y depuración de erratas, hacen que el trabajo
de un corrector de estilo se convierta en una obsesionada búsqueda de la
perfección. Ningún error, ninguna falta de ortografía, ningún espacio en
blanco, nada.
Dominar las técnicas para el eficiente esclarecimiento de las faltas cometidas en el
texto, son la principal apertura a un trabajo limpio. La conformación de un
equipo que solidifique, construya y diseñe una presentación apropiada para el
libro, es imprescindible en todo proceso editorial. Ello complementa el trabajo
del corrector.
La aplicación de cada una de las reglas ortográficas y gramaticales, por parte del
autor, facilitan, en gran medida, las horas de trabajo del corrector de estilo,
sin embargo, esto no siempre sucede. En algunas ocasiones, los trabajos tienen
tantos errores y faltas de concordancia, que en vez de corregir y darle forma a
un estilo literario, la labor se hace mucho más extensa y termina por
corregirse todo el texto.
La responsabilidad que deberían tener los autores de leer sus trabajos antes de
entregarlos, se ha visto superada. En consecuencia, el objetivo de hacer
brillar un texto, de embellecerlo y engalanarlo, en algunas ocasiones, no se
cumple. La coherencia se pierde si los errores dominan un texto.
El conocimiento académico, adquirido a través de las instituciones educativas,
debe ser retroalimentado y nutrido constantemente para la práctica eficiente de
todos los conceptos y valores adoptados. Así, el corrector no sólo debe saber
las reglas ortográficas y gramaticales, sino además, el sentido que puede
llevar un texto.
Tal como lo afirma Camilo Ayala Ochoa, en su texto Correctores de estilo, debe respetarse el trabajo del autor.
El juicio a la pluma ajena puede resultar peligroso, aunque pueden existir sus
excepciones cuando no se respetan las reglas, ni la lógica.
Se habla de la UNAM como principal representante del sello editorial de la lengua
española. Sin duda alguna, representa una fuente de conocimiento progresiva.
Cada vez más sofisticada. Representa, en sí misma, la materia prima para el
desarrollo integral de un corrector de estilo.
Bibliografía:
Ayala Ochoa, Camilo, “Correctores de estilo”, en Quehacer editorial, núm. 8,
p.7-22.